Reflexiones sobre el valor del patrimonio , a propósito del patrimonio geológico y minero
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Montaje fotográfico que ilustra la ubicación original del castillete de la mina Consulta (Rodalquilar) |
1 Nuestra noción de “patrimonio”
El campo semántico de “patrimonio” incluye distintos componentes:
Un componente de valor (Se considera valor patrimonial el valor contable con que se ha registrado un bien en los libros de contabilidad).
Un componente de titularidad, de pertenencia o posesión (Fulanito de tal es titular o poseedor de un importante patrimonio).
Un componente de transmisión entre generaciones, de herencia (existe un polémico impuesto de transmisiones patrimoniales).
En resumen, patrimonio es algo valioso, que nos pertenece y que debemos atesorar para legarlo a nuestros herederos. Este es el sentido de nuestro concepto moderno de patrimonio. En una primera adjetivación, surge el concepto de patrimonio cultural. Este concepto prescinde de una de las cualidades semánticas del término, el de la posesión. De esta forma, pueden considerarse bienes de interés cultural propiedades privadas, sobre cuyo uso y dominio recaerán distintas restricciones en atención a las otras dos cualidades semánticas: son valiosos y debemos velar por una correcta transmisión generacional. Aunque no nos pertenezca el bien material, sí nos pertenece la información cultural que contiene, su significado.
¿Cómo saber cuál es el alcance de nuestro patrimonio? Pues, haciendo un inventario. También cuando nos referimos al patrimonio cultural. Los catálogos e inventarios son los primeros instrumentos de las pioneras legislaciones protectoras del patrimonio cultural. Pongo la cursiva en “protectoras” por un argumento que desarrollaré más adelante.
Con este andamiaje jurídico-administrativo comienza nuestra andadura colectiva por el patrimonio cultural. De los momentos fundacionales, tres certezas persisten a día de hoy, a mi juicio, de una manera torpe.
La primera es que la apreciación del valor corresponde a especialistas, a profesionales, científicos o iniciados en los conocimientos necesarios para verificarlo.
La segunda es que ese valor se asigna a un bien material, tangible, a un objeto (sea una pequeña joya o una catedral gótica).
La tercera, consecuencia de la segunda, es que la labor básica de los poderes públicos respecto al patrimonio cultural es su protección, conservación y, en su caso, restauración o reconstrucción.
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Cerro del Cinto, principal zona de extracción en diques auríferos de alta sulfuración. Rodalquilar (Níjar, Almería) |
2 La recepción social del concepto “patrimonio”
Como tantos otros conceptos que articulan las preocupaciones de clases sociales o colectivos emergentes, el de patrimonio ha experimentado un proceso de expansión en las últimas décadas. Se empezó a desdoblar en patrimonio natural y cultural; más tarde en material e inmaterial. El concepto de patrimonio histórico empezó a convivir con el de patrimonio cultural. El resultado de esta expansión conceptual ha sido la sofisticación del término “patrimonio”, con una creciente diversidad semántica, en el contexto de una sociedad más diversa y compleja. Uno de los efectos de esta expansión del concepto “patrimonio” es que amplias capas de la población tienen dificultades para identificarse con los nuevos objetos y elementos que distintos especialistas consideran dignos de integrar el patrimonio. De esta manera, el empleo del término pasa de ser pacífico (los elementos que se consideran patrimonio son reconocidos por la sociedad) a ser conflictivo (se emplea el término patrimonio para llamar la atención sobre la necesidad de apreciar determinadas cosas, sin que exista un apoyo social claro, o, en los casos más extremos, a pesar de la oposición social). Son los nuevos “patrimonios”.
A partir de aquí, los “activistas” del patrimonio se especializan en la interlocución con los poderes públicos, espoleados por el marco europeo, y ante la indiferencia social, lo que me inspiró una reflexión crítica sobre el estado de la cuestión, y decidí repensar los tres puntos que he denominado “fundacionales” en cuanto al patrimonio cultural:
Respecto al primer punto, es la sociedad en su conjunto la que tiene que apreciar el valor de las cosas, puesto que, sea cual sea el patrimonio que se promueve, será un patrimonio de toda la sociedad. Los especialistas y científicos deben contribuir con su producción intelectual al reconocimiento de ese valor. El activismo patrimonial debe velar por el reconocimiento jurídico y administrativo de esos bienes, pero también debería emplearse en la ampliación de la base social de apoyo a esas políticas.
Respecto al segundo punto, hay que complementar la inercia objetual del patrimonio con la incorporación de los relatos que facilitan la captación del sentido, del contexto y del significado de esos bienes. Lo que acerca a la sociedad al aprecio por estos bienes es compartir su significado.
Respecto al tercer punto, los poderes públicos deben incorporar a sus labores tradicionales la dinamización, la interpretación, la entrega efectiva a la sociedad del significado de cada uno de los bienes, o de su interrelación en sistemas significantes.
En definitiva, lo que realmente crea patrimonio, es decir, aprecio por el valor de algo que nos pertenece y que debemos transmitir a las siguientes generaciones, es la comprensión de su significado, a través de una serie de bienes y servicios culturales cuya producción y distribución es la finalidad de la gestión cultural. Las acciones que generan patrimonio están más próximas a la interpretación que a la reconstrucción. Y, además, son mucho más baratas. Lo realmente paradójico es que la única manera de que los decisores asignen recursos a un mantenimiento decoroso de los elementos materiales del patrimonio es que haya una presión social suficiente, y esta sólo se producirá si hay una complicidad con el significado de esos elementos materiales.
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Zona de las instalaciones de desagüe y minas "ricas" en el barranco Jaroso (Cuevas del Almanzora, Almería) |
3 El patrimonio industrial y minero
Por acercarnos al tema que me preocupa hoy, hay que anotar la relativamente reciente aparición de conceptos como el de patrimonio industrial, en el que cabe incluir también el patrimonio minero (en 1987 participé en Granada en la creación de una Asociación para la promoción de la Arqueología Industrial, impulsada por el que fuera profesor de Historia en mi instituto, Miguel Ángel Rubio Gandía). Lo novedoso de esta incorporación es la reivindicación de los espacios, instrumentos y jerga del trabajo industrial como elementos significativos para formar parte del legado patrimonial. Esto supone, en la práctica, un socialización y democratización del concepto de patrimonio. Hasta ese momento, los bienes del patrimonio cultural eran siempre producto de la acción de las clases o instituciones dominantes: eran las manifestaciones, la forma de expresión de los poderosos. Ahora se incorporan también los espacios del trabajo, tanto industrial como agrario o rural.
Dentro de este “patrimonio industrial”, tiene también su espacio el minero. Los escenarios de la minería son impactantes. Suponen grandes alteraciones del medio, y, con frecuencia, dan cuenta de la evolución tecnológica de una sociedad, especialmente en la metalurgia. Los espacios mineros abandonados, ocasionalmente acompañados de fundaciones urbanas específicas, tienen una gran capacidad evocadora y conmovedora. Son terreno abonado para intervenciones de clarificación del significado. Pero no siempre están en los mejores lugares para su disfrute. Por otra parte, suelen ser lugares peligrosos, en los que la adecuación para la visita o el disfrute resulta muy costosa. Y, no nos engañemos, somos un país pobre, no tanto por nuestras variables económicas, sino, sobre todo, por la falta de comprensión y apoyo a las políticas de desarrollo basadas en la identidad y en la recuperación patrimonial.
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Maqueta 3D de la cartografía interpretativa del paisaje minero de Sierra Almagrera (Cuevas del Almanzora, Almería) |
4 No pronunciarás el nombre del “patrimonio” en vano
La secuencia es más o menos conocida:
Un experto identifica el valor patrimonial de algo, a partir de su mirada de experto. En seguida, pide (o exige) a las Administraciones Públicas su reconocimiento, mediante su inscripción en algún registro o inventario de “bienes patrimoniales”, lo que, hasta hace unos años, causaba efectos jurídico-administrativos, e interfería con el derecho de propiedad, limitando o condicionando sus límites, no ya con carácter general, como hace el planeamiento urbanístico, sino en función de ese valor detectado por el experto.
Como cada vez hay más expertos, que necesitan su legitimación social y su espacio de rendimiento económico, las invocaciones del valor patrimonial de algo se hacen cada vez más diversas, abigarradas, bizarras y puede que de extravagantes a incomprensibles. Por eso, los poderes públicos inventan formas de declaración del valor patrimonial que carecen absolutamente de efectos jurídico-administrativos, como la de los Paisajes Culturales, y que no obligan a nada a la entidad que promueve su declaración. Se contenta así a la parte “experta” de la sociedad, sin perturbar derechos y obligaciones. Es una auténtica práctica retórica.
Pero el insaciable experto no se conforma con esa declaración. Ante la evidencia de que las declaraciones sirven de poco, y de que, en todo caso, la ley de la gravedad es más determinante que cualquier ley de patrimonio, al experto no le queda otra vía que la del activismo patrimonialista, azote de instituciones públicas y martillo de desviacionistas. La lógica del activismo es bastante opuesta a la del conocimiento, con lo que el perfil del experto se desdibuja, en una metamorfósis a “mosca cojonera”.
Y el dato que no debemos olvidar: la mayor parte de la sociedad asiste indiferente a estos movimientos, y, en general, los entiende opuestos a sus anhelos inmediatos, que tienen más que ver con la satisfacción de necesidades básicas. La preocupación por cosas cada vez más incomprensibles comparece, definitivamente, como rasgo de clases ociosas, funcionarios o liberados de todo tipo, que pueden permitirse el lujo de la elevación de su espíritu, puesto que no tienen que distraerse con la lucha cotidiana por sobrevivir.
Los expertos y activistas tienen que luchar contra ese estigma y despliegan su estrategia en una doble dirección: adoptan un lenguaje economicista para referirse a las cosas por ellos apreciadas: bienes, recursos, valor...; y justifican el interés de dedicarse a estas cosas por su supuesto efecto benéfico para el turismo.
La impostura de esta estrategia alcanza su climax con el uso del término “patrimonio”. Llamar a algo “patrimonio” es una jugada maestra del activista, a condición de que se refiera a objetos que tradicionalmente han quedado fuera de esa categoría. Llamar patrimonio a algo incomprensible para el común de los mortales significa: “yo sí que soy sensible y culto, y no como tú, que eres un paleto”. Por supuesto, ningún activista reclamaría la consideración de patrimonio para la Alcazaba de Almería o la Alhambra de Granada: el acuerdo social sobre esta cuestión es consistente y el activista no aparecería como alguien culto o sensible, sino como un auténtico desequilibrado. Pero si reclamas la condición de patrimonio para un balate (muro de piedra seca), una parte de la comunidad sí admirará tu sensibilidad o tu cultura, mientras que otra seguirá considerándote un desequilibrado. Así, la jugada maestra ya está en marcha: el activista consigue distinción social respecto a gran parte de sus semejantes, y, sobre todo, reafirma el desprecio a los “políticos”, que nunca están a la altura de la sensibilidad del activista.
Asistimos así a un espectáculo muy característico del aquí y ahora: la parte más culta, sensible y activa de la sociedad tiene más incentivos para distinguirse del resto que para operar socialmente, ampliando la base de complicidad con el valor de las cosas. Tiene más incentivos para desprestigiar a las instituciones y a quienes eventualmente las dirigen que para colaborar con ellas para conseguir los fines que dicen perseguir.
Y llegamos al centro de la cuestión: ¿quién o qué, y a partir de qué mecanismos, hace que algo sea “patrimonio”? Y para contestar a esa cuestión, debemos distinguir dos planos: el formal o institucional y el real o cultural. En el plano formal, el proceso para el reconocimiento del valor patrimonial de algo empieza con una investigación y documentación, su análisis por las instituciones culturales, la propuesta de su inserción como bien tutelado por los poderes públicos y su publicación en el Boletín correspondiente, que causa efectos jurídicos (si es el caso). En el plano real, una cosa es patrimonio cuando la sociedad así lo reconoce, y lo utiliza como palanca para conseguir fines sociales de distinto tipo. Ese reconocimiento social es cultural, y, en consecuencia, puede promoverse, acelerarse o articularse mediante distintas acciones, en general, inéditas en nuestro entorno, a las que me referiré en el capítulo final de este artículo.
La existencia de estos dos planos es común en todas las sociedades. La relación dialéctica entre ambos caracteriza las capacidades colectivas, y es un motor de cohesión, avance y progreso. Lo que no es tan común es que esos dos planos tiendan a una vida autónoma, sin relación especial entre ellos. Es entonces cuando podemos advertir componentes patológicos en la organización social, que condenan a la esterilidad al papel articulador que cabría, cabalmente, asignar al patrimonio.
Y aquí es donde debemos concluir con el diagnóstico de dos rasgos muy característicos de nuestra sociedad, cuya consideración es fundamental para una reflexión crítica sobre el papel del patrimonio en nuestras estrategias de cualificación. En primer lugar, la desarticulación provoca una multiplicación de los “segmentos” sociales, motivados por raza, género, creencia, condición económica, cultural, geográfica; y una paralela descomposición de los vínculos de confianza entre segmentos y en que todos debemos contribuir a los objetivos comunes. Esos objetivos comunes van debilitándose hasta casi desaparecer, sustituidos por un creciente tribalismo. En segundo lugar, la desconfianza respecto a las instituciones, heredera de los seculares abusos de poder, indica que no hemos desarrollado una lógica del poder democrático que nos permita apreciar a las instituciones como propias, y herramienta imprescindible para conseguir nuestras aspiraciones.
En este orden de cosas, y ante la gravedad de los procesos de descomposición social, cabría preguntarse si debemos seguir intentando “salvar” al patrimonio, o si deberíamos procurar que el patrimonio ayude a “salvarnos”.
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Máquina de vapor del barranco Chaparral, en sierra Almagrera (Cuevas del Almanzora, Almería) |
5 La “puesta en valor” del patrimonio. La cuestión instrumental
Desde que tengo memoria profesional, siempre he convivido, no sin incomodidad, con esta fórmula, traducida directamente del mettre en valeur francés, y que tiene especial carta de naturaleza en su aplicación a los bienes o recursos culturales. De esta forma, la expresión “poner en valor el patrimonio” es tan frecuente que casi se ha vuelto tópica. Una vez que es tópica, podemos considerarla muerta, por lo que procedería hacerle la autopsia. Vamos a ello.
En la expresión “poner en valor el patrimonio” hay algo que chirría, a primera vista. Si el patrimonio, tal como hemos convenido al principio de este artículo es, por definición, algo valioso, ¿por qué hay que ponerlo en valor? ¿No será que estamos utilizando el término “patrimonio” para algo que no lo es, aunque desearíamos que lo fuera, tal como se sugiere en este artículo?
Podríamos calificar esta frecuente y paradójica situación como una “anticipación”. Quienes, por su formación o especialidad científica o profesional, aprecian el valor cultural de algún elemento, espacio o paisaje, le asignan el término “patrimonio”, anque la sociedad no lo reconozca. Esta anticipación voluntarista provoca algunas consecuencias indeseables. Una vez denominada una cosa (con frecuencia una ruina) como patrimonio, lo único que queda es “protegerlo” y, eventualmente, invertir en su adquisición o reconstrucción...). Es decir, entre el científico, profesional o experto que anticipa el valor patrimonial de algo ignorado por la comunidad y la acción constructora de los poderes públicos, no se reconoce la necesidad de ningún otro tramo de actuación.
La reiteración de este mecanismo ha producido un panorama de centros de interpretación y equipamiento de significado cerrados o pasivamente abiertos, y un riesgo cierto de descrédito sobre el interés de la inversión en bienes culturales. El creciente recelo de la población ante este modus operandi se intenta neutralizar invocando, como se ha señalado, sus supuestos efectos benéficos para el turismo. El efecto perverso de esta situación es que la población, en general, no se siente concernida por estos equipamientos: son para los turistas.
Podemos concluir que cada uno hace lo que sabe hacer: los expertos identifican y documentan, los activistas reclaman y los poderes públicos licitan (obra y dotación). La pregunta a la que debemos contestar es: ¿la suma de esos saberes es suficiente para que los elementos de nuestra identidad operen suministrando bienes y servicios culturales que nos fortalezcan como sociedad?
Cabe señalar la ausencia de la sociedad en dos tramos fundamentales de la gestión del patrimonio cultural: en la propia comprensión del interés patrimonial de algo (su posibilidad de convertirse efectivamente en patrimonio), y en la implicación en la gestión, que es la que debe garantizar la generación de bienes y servicios culturales, sin la cual no hay valor, ni, en consecuencia, patrimonio.
Lo mismo que la cualidad de “recurso” de una cosa no es inmanente (una cosa solo es recurso cuando atiende a una necesidad a través de una serie de acciones que lo constituyen como tal recurso), la cualidad de “ patrimonio” de una cosa tampoco es inmanente. Una cosa se constituye en patrimonio a partir de una serie de acciones, que vamos a repasar a continuación.
En el gráfico se reflejan cinco grupos de acciones, diferentes en su naturaleza y en su esencia, necesarias para que una cosa se convierta en patrimonio. Por requerimientos gráficos, se presentan de una forma lineal, aunque esta cuestión será, seguramente, controvertida. Algunas de estas acciones se presentan necesariamente trenzadas, y se apoyan unas en otras. Pero esto no invalida la identificación de cada una de ellas como distintas. El gráfico se titula “Esquema de adquisición de valor patrimonial”, aunque, en sentido estricto, el valor patrimonial se adquiere solo en el último tramo, el de gestión, tal como se indicará en los epígrafes siguientes.
El primer tramo se denomina “Documentación”. Es el trabajo de especialistas que, a través de un proceso de investigación (documental, bibliográfica, de campo, o un híbrido de todas ellas), aporta conocimiento cualificado acerca de algo, constituyéndolo como “elemento”, que puede ser más o menos prometedor en su cualidad potencial de convertirse finalmente en patrimonio. Este conocimiento se difunde a través de circuitos especializados, donde comparece ante la comunidad científica para someterse a la consideración de otros especialistas. Es una condición sine qua non para que puedan darse los siguientes pasos, pero en ningún caso los puede obviar: las condiciones, requisitos y protocolos de investigación y documentación hace que los materiales resultantes sean poco adecuados para promover el aprecio social por sus focos de interés.
El segundo tramo se denomina “Interpretación”. Es el trabajo de generalistas, que tienen la capacidad para “traducir” los materiales de los investigadores a categorías y formas narrativas que puedan ser recibidos y comprendidos por la población. Esta traducción se produce por la apreciación de los contextos, históricos, geográficos, o de otros tipos, que permitan una valoración correcta de sus rasgos distintivos, de su singularidad o representatividad. Además del marco contextual, la interpretación explica el funcionamiento del “elemento” u objeto de investigación y conocimiento en sistemas de significado más amplios. La narrativa de interpretación puede permitirse licencias metafóricas, alegóricas, poéticas o de cualquier otro tipo, para cumplir más cabalmente su finalidad: hacer comprensibles los elementos u objetos de investigación y su interés. Es el territorio del relato. Se puede señalar que este tramo está muy poco desarrollado. Sus principales logros vienen de la capacidad de algunos investigadores que tienen, además, la habilidad y motivación para divulgar.
El tercer tramo se denomina “Comunicación”. Si el tramo anterior está poco desarrollado en nuestra sociedad, este tercero está prácticamente inédito. Se trataría de producir impacto social y conmoción a partir de los trabajos de interpretación, para articular y/o acelerar la toma de conciencia social sobre el interés de determinados elementos. La práctica ausencia de este tramo explica el estado de la cuestión, que ha sido descrito en los epígrafes anteriores. La mediación necesaria para este tramo apelaría a activistas, movimiento asociativo, operadores culturales, medios de comunicación y agencias de comunicación, que, además de interpelar a las instituciones públicas, como es habitual, deberían comprender que sin complicidad y apoyo social no hay política patrimonial posible. La movilización social que debe conseguirse con este tramo es la garantía de consistencia de las intervenciones públicas posteriores. En sentido contrario, el escaso efecto que producen las intervenciones públicas de “puesta en valor” guarda relación con la práctica inexistencia de esa movilización social previa.
El cuarto tramo es el de la “intervención”, que es el que con frecuencia recibe la denominación de “puesta en valor”, aunque, como aquí se propone, la puesta en valor comienza mucho antes, y solo se verificará con el éxito del modelo de gestión, como veremos en el siguiente epígrafe. Esta intervención puede ser de muchos tipos distintos. Para empezar, hay que señalar que podría ser tanto pública como privada. En otros países, con otra experiencia cultural, es frecuente que sean fundaciones privadas quienes impulsen intervenciones patrimoniales destacadas. En nuestro entorno, en cambio, estas intervenciones suelen ser públicas, o, como mucho, fruto de una colaboración con algunos agentes privados. Por su intensidad, estas intervenciones pueden ir desde una señalización (física o virtual) que explique significados, hasta una intervención pesada en entornos monumentales, con gran despliegue museográfico. Sea cual sea el tipo de intervención, se desarrolla en un proyecto, que es la herramienta por la que unas aspiraciones, objetivos o ambiciones entran en contacto con un conjunto de restricciones (temporales, económicas, competenciales), hasta el punto que se puede afirmar que los proyectos nos hablan más de las restricciones que de las aspiraciones. Los proyectistas son profesionales cualificados que suelen dirigir equipos, más o menos corales, que facilitan las distintas aportaciones necesarias para el éxito del proyecto. Este éxito de un proyecto de intervención produce recursos culturales, necesarios para la gestión, que es la que producirá “patrimonio”.
El último, y fundamental tramo, es el de la “gestión”. Este tramo necesita todos los anteriores, y, a la vez, es el que les da sentido. Con frecuencia, los actores institucionales que impulsan las intervenciones del tramo anterior, confunden el término “gestión” con el de “apertura al público”, siendo así que, con frecuencia, se destinan grandes cantidades al proyecto de intervención, mientras que se intenta minimizar el gasto corriente de la apertura (si hablamos de centros de significado). Esta confusión, y la debilidad señalada en alguno de los tramos anteriores, son las que explican la frecuencia con la que estos equipamientos culturales permanecen cerrados o languidecen en una apertura pasiva. En realidad, la gestión no empieza cuando acaba el proyecto de intervención. Debería empezar, al menos, en el tercer tramo, participando en el proceso de movilización social, cualificándolo y obteniendo los compromisos necesarios para dar robustez a la estrategia. No obstante, una buena gestión estratégica tomaría la iniciativa y estimularía los procesos de investigación y conocimiento desde el primer tramo, para que todo el “itinerario” sirviera para madurar el modelo de gestión. En todo caso, la gestión, que corresponde a responsables públicos y personal de sus instituciones, debe orientarse a la efectiva entrega a la sociedad de bienes y servicios culturales. Esta entrega debe ser permanente, y la renovación de sus dotaciones exige el reinicio del proceso de cinco tramos tantas veces como sea necesario. Esa distribución de bienes y servicios culturales es la que permite que podamos considerar “patrimonio” al elemento, bien o recurso en torno al cual se ha desencadenado el proceso.
De esta exposición en cinco tramos podría deducirse que cada uno de ellos “pertenece” a un grupo o colectivo diferente. No es así en absoluto. Son diferentes los retos y aptitudes necesarias para cumplir cada tramo correctamente. Pero nada impide que un investigador transite por el resto de los tramos, incluso en de la gestión, incorporándose a consejos asesores, fundaciones u organismos de participación social en la gestión patrimonial. Pero sería muy conveniente que reconociera que las aptitudes necesarias en cada tramo son distintas de las de la investigación y el conocimiento, para aliarse con quien pueda aportarlas o para adquirirlas con un proceso de formación y experiencia que no siempre es compatible con el mantenimiento de las tareas propias. En realidad, en cada tramo se necesita calidad, aportada por perfiles profesionales diferentes, pero el éxito de estos procesos depende mucho del liderazgo, de la capacidad de trabajar en equipo, de humildad, compromiso, entusiasmo y muchas ganas de aprender. Las dos condiciones necesarias para que ese liderazgo sea funcional son la conexión con la estrategia de gestión, y la cualidad transdisciplinar, que se consigue habiendo pasado por todos los tramos y sabiendo con quién hay que contar para cada proyecto.
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Bosquejo planimétrico (minuta cartográfica) del área de Sierra Almagrera. Año 1900. |
6 Reflexión final
Cuando comparto alguno de estos acercamientos críticos al desempeño de actividades profesionales avanzadas, con frecuencia quienes se reconocen en la frustración suelen hacerme unos comentarios o preguntas recurrentes, como las siguientes.
“Si, pero, es que eso es muy difícil”.
“Pero ¿conoces algún sitio donde se hagan estas cosas bien?”
“Entonces, ¿qué necesitamos para hacer las cosas correctamente?”
“¿De quién es la culpa?”
“Siendo como somos, nunca vamos a mejorar”.
Preguntas y comentarios que no estoy en condiciones de responder satisfactoriamente. A duras penas, acierto a trasladar algunas de mis convicciones, que no creo que convenzan a quienes quieren una solución, pero ya!
No creo que existan sociedades malditas, o invalidadas por la historia para la realización colectiva. Sin embargo, es evidente la existencia de gradientes civilizatorios, que determinan diferentes condiciones de posibilidad. Ese y no otro es el propósito de la gestión cultural: la adquisición de herramientas, métodos de trabajo y habilidades para estar más preparados para la incertidumbre y la complejidad. Los tiempos no parecen demasiado propicios para una reivindicación de lo colectivo, de la comunidad. Sin embargo, ese es el camino que debemos transitar y que exigirá de cada uno su mejor aportación. He tenido oportunidad de constatar que en nuestra sociedad (sea cual sea la escala de observación), hay capacidades suficientes para enfrentarse y superar retos exigentes. Seguramente, no tenemos un problema de capacidades individuales, sino de una organización colectiva que permita utilizarlas adecuadamente, y que genere los incentivos necesarios para que se integren en proyectos cohesionadores. Pero esa organización colectiva tenemos que construirla nosotros. El desestimiento no es una opción.